Mapuche 09

March 14, 2010

Ceferino Namuncurá

Un santo Mapuche
Fragmento del texto por Celia Langdeau Cussen.

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La derrota de los caciques

La cordillera nunca fue considerada como una barrera por los mapuches y tehuelches, que la cruzaban libremente durante la época colonial. Este constante cruce de indígenas por los Andes contribuyó también a lo que se dio por llamar “la araucanización de las pampas”: los mapuches implantaron ciertos aspectos de su cultura – como su lengua, el mapudungún- entre los tehuelches, y adoptaron a su vez los toldos y las boleadoras que se usaban en las pampas. El abuelo de Ceferino Namuncurá, Calfucurá, nació en la Araucanía pero solía cruzar los Andes para intercambiar mercancías. Finalmente, en 1835, estableció su dominio en Salinas Grandes, un extenso sector de las pampas al sur de Buenos Aires. Ahí formó una confederación de tribus indígenas capaz de negociar con los argentinos hispanos períodos de paz que se alternaban con sorpresivos y violentos ataques a las estancias, los muy temidos malones en los cuales los indígenas se llevaban caballos, vacunos y cautivos. A medida que se expandía la población hispánica y la industria ganadera se extendía hacia el sur de las pampas, aumentaban también las presiones para reprimir los ataques de los indígenas insumisos. La confederación de Calfucurá se defendía sacando provecho de las disputas internas que en ese momento dividían a la Argentina hispánica, pero una vez que concluyeron las guerras civiles, el gobierno federal resolvió utilizar toda su fuerza para reprimir a los indígenas. En 1872, las tropas federales los obligaron a replegarse al desierto patagónico. Calfucurá murió el año siguiente y su hijo, Namuncurá, fue elegido como sucesor de su padre para encabezar la confederación indígena. Manuel Namuncurá, el padre de Ceferino, continuó la política de resistencia de su padre, y atacó a las fuerzas argentinas hasta que el general Julio A. Roca llevó a cabo la “Conquista del desierto” en 1879, una campaña militar cuyo fin era subyugar a los indígenas y relegarlos al sur del Río Negro. Tras una serie de violentas batallas con las fuerzas argentinas, y la muerte o captura de muchos miembros de su tribu, Namuncurá huyó a la Cordillera con un reducido número de familiares. Replegado en el lado occidental de los Andes, durante un malón en el pueblo de Lonquimay, Namuncurá raptó a una joven mestiza, Rosario Burgos, que pasó a ser su tercera esposa. Por más de cinco años vivió en las montañas, y después de presenciar la rendición final de los araucanos ante el coronel chileno Gregorio Urrutia en Villarrica en 1883, Manuel Namuncurá regresó a la Patagonia para rendirse ante el ejército argentino. A cambio de la paz, a Namuncurá se le ofreció una pensión vitalicia, tierras en las riberas del Río Negro, y el rango de coronel del ejército argentino.

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En junio de 1884, luciendo las charreteras y botones de bronce de un coronel, Manuel Namuncurá viajó a Buenos Aires junto a Rosario Burgos y otros miembros de su familia. En la capital argentina visitó el Congreso y se reunió con el presidente Roca en la Casa Rosada para exigir los títulos de las tierras en Chimpay, donde su tribu se había asentado. Se cuenta que Roca halagó a Namuncurá llamándolo “tigre”, ante lo cual Namuncurá habría contestado rápidamente, sin la ayuda de su lenguaraz: “Yo, tigre; pero vos, león”. Durante los siguientes dieciséis años, hasta que el gobierno argentino le quitó sus tierras, Manuel Namuncurá vivió junto con su familia en Chimpay, y fue aquí donde nació Ceferino, el tercer hijo que tuvo con Rosario Burgos, el 26 de agosto de 1886. Cuando los misioneros salesianos pasaron por el asentamiento indígena dos años después, Namuncurá, aun siendo polígamo como sus ancestros, permitió que los padres bautizaran a su hijo y le dieran el nombre del santo cuya fiesta se celebraba el día de su nacimiento, San Ceferino. El niño pasó su infancia en Chimpay, donde demostró las habilidades que se esperaban de un hijo de cacique: llegó a ser un jinete consumado, y aprendió a cazar guanacos con el lazo y las boleadoras. Según la leyenda, en 1897 Ceferino le pidió a su padre que lo llevara a Buenos Aires para educarse y así ayudar a su gente. Como hijo de un oficial del ejército, Ceferino tenía el derecho de matricularse en los Talleres Nacionales de la Marina y estudiar carpintería, pero el niño fue muy infeliz en ese lugar y al poco tiempo un destacado sacerdote salesiano lo ayudó a ingresar al colegio de la orden en Buenos Aires. Ceferino adquirió ahí el conocimiento del español, una cuidada caligrafía y una intensa devoción por la Virgen María. Ingresó al coro del colegio, que contaba también con la voz de Carlos Gardel. A los diecisiete años Ceferino ya mostraba claros síntomas de tuberculosis, y viajó a Italia para sanarse y mantener viva la esperanza de llegar a ser sacerdote. Fue recibido en Turín por la reina y la princesa de Saboya, y en Roma tuvo un audiencia con el Papa Pío X, a quien le obsequió un “quillango”, un manto de piel de vicuña. La tuberculosis obligó a Ceferino a abandonar sus estudios, y murió en Roma el 11 de mayo de 1905, a la edad de dieciocho años.

Ceferino y su tierra

Ceferino Namuncurá es una figura desconcertante y compleja, a pesar de la similitud de su vida con la de muchos jóvenes santos católicos. Su modelo fue Domingo Savio, alumno piadoso y abnegado de los salesianos en Turín que también murió de tuberculosis antes de los veinte años. Sin embargo, la biografía de Ceferino adquiere ribetes singulares debido a que aparece como el producto de la derrota final de los indígenas. Es difícil evitar la comparación entre la imagen de Ceferino vestido de colegial católico y las fotografías de su padre ataviado con la indumentaria de un coronel del Ejército argentino. Las primeras hagiografías de Ceferino tienen por eje la transformación del jefe de la tribu desde cacique a coronel, y luego a santo. Estos escritos sugieren que la clave de la santidad de Ceferino se halla en el contraste entre la vida nómada, violenta y pagana de los mapuches, por un lado, y la acogida a la nueva realidad política y religiosa de la Patagonia, por otro: “Más que la virtud de Ceferino me ha atraído el contraste entre el ambiente en que nació – en la pampa bárbara- y el ambiente en que vivió, la Roma de Pío X”, escribe uno de sus biógrafos en 1947. Y agrega: “En la pampa de Calfucurá y de Namuncurá, sangre, violencias, saqueos, latrocinios, corrupción, ignorancia absoluta, paganismo. En el ambiente que rodeó a Ceferino en sus últimos meses, la Iglesia de Cristo, la bondad del Santo Padre, la cultura latina y cristiana”. Casi todos tenemos hoy una visión más matizada del valor de las culturas indígenas y del poder redentor de la cultura occidental y cristiana. El biógrafo más reciente de Ceferino, el padre Ricardo Nocetti, por ejemplo, se ha esmerado por forjar una interpretación más contemporánea sobre la decisión que llevó a Ceferino a dejar Chimpay y a abrazar el cristianismo. Los nuevos escritos sobre Ceferino ponen énfasis en la continuidad, más que en los contrastes, entre su niñez en Chimpay y su estadía en Roma. En su hagiografía de Ceferino, La sangre de la tierra, el padre Nocetti recalca la capacidad del joven indígena para abarcar el mundo huinca y el mapuche sin abandonar jamás sus orígenes que tanto lo enorgullecían: “Ceferino lleva sobre sus espaldas la humillación de una raza vencida, marginada, discriminada, y el estigma de ser indígena. Pero siguió su camino de mapuche y de cristiano sin resentimiento, sin rencores, sin victimismo, caminando con dignidad hacia el destino que el Señor le preparaba”. La nueva visión de la santidad de Ceferino introduce además una revalorización de la espiritualidad mapuche, especialmente la reverencia tradicional que sienten los indígenas por la tierra. En Chimpay, los salesianos nos cuentan que Ceferino y su gente llevaban muy adentro el respeto por el mundo natural. “Ceferino mapuche (’gente de la tierra’)”, escribe el padre Nocetti, “representa un desafío para preocuparnos y ocuparnos seriamente del cuidado ambiental y la preservación de los recursos naturales.” Los salesianos se esfuerzan por establecer y divulgar una nueva apreciación de Ceferino, en parte debido al hecho de que un gran número de sus seguidores sabe muy poco de él, y en consecuencia desaprovechan la oportunidad de encontrar en Ceferino un modelo cristiano. Gran parte de la gente que asiste a la celebración tiene sólo una vaga noción de los orígenes del santo indígena, y queda claro que, a pesar de que lo llaman “el indiecito”, su origen étnico no es un factor decisivo para la mayoría de quienes escogen a Ceferino como su intercesor ante Dios. A muchos les cuesta explicar por qué son devotos fervientes de un joven indígena; sólo dicen, a veces, que supieron de él y vieron su imagen en los colegios salesianos.

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Lo que más cuenta entre los devotos de Ceferino es su reputación de ser un personaje humilde y sufrido que acoge las peticiones de ayuda divina. Las autoridades eclesiásticas reconocen que la devoción por Ceferino tiene algo poco común. Por un lado, la celebración atrae a muchos protestantes y católicos no observantes. Por otro, hay muchos devotos que no se interesan por los aspectos más formales de la fiesta: no todos participan en la procesión el domingo por la mañana, y muchos dejan de asistir a la misa final oficiada por quince sacerdotes. Un contingente numeroso acude al parque año tras año para presentar a Ceferino sus peticiones, o para darle las gracias por favores concedidos. Y aprovechan de hacer un asado, tomarse unas cervezas en el entorno del monumento y dormir bajo las estrellas. Como dice la hermana Fátima, la joven y entusiasta monja que trabaja con los jóvenes de Chimpay, la gente viene al parque, sobre todo, para “estar con Ceferino en su tierra”. El proceso de canonización de Ceferino Namuncurá avanza muy lentamente en el Vaticano, en parte porque las fuerzas políticas y clericales de Argentina se han dedicado más a promover otros casos. En 1999, Argentina tuvo su primer santo, Héctor Valdivielso, un sacerdote ultimado por mineros republicanos en la Guerra Civil Española. Durante su gobierno, Carlos Menem se reunió con el Papa Juan Pablo II para solicitarle que acelerara la causa de su candidato preferido, un sacerdote gaucho de Córdoba. Incluso los salesianos, los principales patrocinadores del culto de Ceferino, dividen sus esfuerzos entre la promoción de esta causa y las de Laura Vicuña, la joven chilena que ha sido declarada beata, y el venerable Artémides Zatti, un enfermero italiano que trabajó en el hospital salesiano de Viedma. Otro obstáculo para la beatificación y canonización de Ceferino tiene que ver con las características de sus seguidores. Muchos de ellos creen que Ceferino ya es un santo, y los tiene sin cuidado la posición oficial de la Iglesia. Por ello, no sienten la necesidad de documentar los milagros que le agradecen. Con todo, durante la celebración del año pasado un hombre de unos cuarenta años, llamado Ricardo, junto a su esposa, su suegra y sus dos hijas, se reunió con los salesianos para describirles cómo había recuperado milagrosamente la vista después de sufrir un desprendimiento de la retina. Ricardo prometió reunir toda la documentación médica necesaria para constatar el milagro, un trámite que muy pocos de los devotos de Ceferino llevan a cabo. Un milagro certificado es de capital importancia para el caso, ya que se interpretaría como la anuencia divina para su beatificación. Un segundo milagro bastaría para convertir a Ceferino en el primer santo indígena de la región. El domingo al atardecer, sentados en El Cacique, bar-restaurante-bomba de bencina de Chimpay, vemos pasar a los miles de peregrinos en sus motos, sus buses destartalados y sus improvisadas camionetas de camping, y sabemos que probablemente ninguno de ellos se dirige a Chile. No deja de extrañarnos que la figura de Ceferino – un hombre que juntó la espiritualidad mapuche con la católica, y que atrae tanto a sacerdotes progresistas como a cristianos de una fe sencilla- no haya podido renovar la tradicional movilidad mapuche a través de la cordillera. Una figura susceptible de varias lecturas alternativas, el llamado “pequeño gran cacique patagónico”, aun espera tener eco en la tierra de sus ancestros.

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Cerro Columna, lago Colhué Huapi

March 12, 2010

Video por Alejandro Aguado.

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March 12, 2010

Jean Giraud

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March 11, 2010

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March 11, 2010

Fotos y texto por Glaniad.

Los primeros colonos, unos 150 en total, zarparon de Liverpool en mayo de 1865 a bordo del Mimosa. Después de trascurridos dos meses y haber recorrido 13.000 Km, llegaron a Golfo Nuevo (después rebautizado Porth Madryn/Puerto Madryn), contemplando por primera vez lo que luego sería su hogar. La vida real en Patagonia, en una tierra inhóspita y árida, resultó todo un desafío para los primeros colonos. Muchos de ellos, además del durísimo trabajo, se encontraban en una situación de pobreza a la hora de luchar por sobrevivir. Sin embargo, al tiempo que levantaban su comunidad galesófona, construyeron capillas y escuelas. La suerte de la colonia galesa o Wladfa cambió radicalmente durante el siglo XX, dado que se unió cada vez más al Estado argentino, hasta el punto de que el español se convirtió en la lengua oficial y la lengua y cultura galesas fueron poco a poco perdiendo terreno. No obstante, desde la década de 1960 se han establecido nuevos vínculos entre Gales y Patagonia con el fin de reavivar el interés por la lengua y cultura galesas entre los descendientes de aquella primera generación de colonos galeses.

Miembros del primer contingente de emigrantes, de pie y sentados junto a ‘Yr Hen Amddiffynfa’, Rawson, Chubut, 28 de julio 1890
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Tribu de Saca Mata, Kaques, Teca, la Patagonia, 1893
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El capitán William Richards y otros que lo acompañaron a buscar oro en los Andes, 1891. Fotografía realizada por John Murray Thomas (1847-1924).
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El Coso 01

March 9, 2010

Eso

Texto por Hernán González.

Mi tío es inmortal. Al fin lo logró. Con ayuda de la legislación no hay Dios que lo pueda matar. Está inconciente y sigue vivo sólo porque está conectado a una máquina. Antes de eso, vivió diez años con un marcapasos y su corazón trabajando a un veinte por ciento de su capacidad. Diez años antes, tuvo un infarto, lo dieron por muerto y sobrevivió. Veinte años antes ingresó a alcohólicos anónimos después de veinticinco años de olvidarse de la sobriedad. Treinta años antes se le cayó un tronco en la cabeza y sólo tuvo un rasguño. Como me gustaría que su familia no estuviera triste pero presumo que es inútil convencerlos de lo contrario. Mi tío contaba chistes malísimos pero te cagabas de la risa porque sus carcajadas empezaban antes de terminar de contar los chistes y te contagiaban. El otro día estaba sentado tomando un cortado y pasó un hombre de unos cincuenta años en bermuda. Me puse a llorar. Hacía mucho calor. ¿Alguien me puede decir que carajo tiene que ver un gordo chivado con mi tío inmortal?

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March 8, 2010

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Notas 15

March 8, 2010

Sigo bocetando la 4ª parte, unas 3 ó 4 páginas por día. Antes de Semana Santa las quiero tener todas delante, unas 50…Mi “plan de trabajo” termina siendo siempre ilusorio. Mañana comienzo a subir a este sitio “El Coso”. Será un espacio para Hernán González, amigazo y guionista de la 6ª parte del libro. Esta noticia la encontró Ed hace unos meses y me la envió. No paro de leerla y ver sus fotos, me disparan miles de historias. Son las 7:23, apretaré “Publish”, Log out y bajaré a desayunar.

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March 7, 2010

LA VIDA EN LA CIUDAD.
Canal Encuentro.

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March 6, 2010

¿Primer página de la 4ª parte del libro?. Buenos Aires durante la Segunda Guerra Mundial.

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March 4, 2010

LA FUERZA DE UNA CULTURA.
Canal Encuentro.

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March 3, 2010

Glauber Rocha

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March 3, 2010

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Notas 14

March 2, 2010

Con cierto “cuidado” empecé ayer por la tarde a bocetar la 4ª Parte, llevo mes y medio sin dibujar ni una sola página. Aunque tengo muchas anotaciones y cierta línea por donde voy a moverme, está todo siempre susceptible a cambios…y en eso estoy. Prefería estar pintando.

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February 28, 2010

LA FUERZA DE LA TIERRA.
Canal Encuentro.

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February 27, 2010

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Notas 13

February 27, 2010

Roberto se dio cuenta lo ansioso que es y cómo desde hace tiempo lo siente “todo raro”. Lo primero que piensa cuando tiene que controlar su caos es en títulos de películas de cine de los 50. Las comienza a contar como ovejitas hasta quedarse dormido. Ese lunes, al despertar, pensó en el sueño que había tenido: un viaje a Amsterdam en el que hacía todo lo posible por acompañar por la ciudad a todo su grupo y caerles bien en todo momento. Se ofreció también a limpiarles la habitación del Hotel. Ellos decían: -¿pero si para eso está el servicio?. No le importaba. Detrás del servicio de limpieza iba él para controlar que todo estuviera perfecto. Limpiaba todo otra vez, desarmaba las camas y volvía a hacerlas. Los baños los abrillantaba con el dedo o con cosas pequeñas. Le gustaba, decía que le hacía meditar estar concentrado en un pequeño centímetro. Rascar y rascar lo hacía sentir libre. Sólo una vez, cuando discutió con Norma, vivió algo parecido. Nadie sabe que pasó pero todo hacía pensar que se hicieron todo el daño posible durante tres horas. Recordó lo feliz que se sentía cuando los perfiles tres cuartos de espalda le irradiaban ternura y paz interior. Se sentaba y los buscaba…en la calle, en un café… Los detenía con su mirada, les sacaba una foto abriendo y cerrando los ojos y en ese momento su ansiedad se cortaba y vivía unos minutos de tranquilidad.

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February 26, 2010

Cosmovisión Mapuche – Parte 2ª

Texto por María Ester Grebe, Sergio Pacheco y José Segura.

1.3. Concepción Espacial-Temporal del Cosmos (Orden espacial ceremonial)

El orden espacial ceremonial mapuche forma un giro circular orientado según el movimiento contrario a los punteros del reloj a partir del punto cardinal este. Es evidente que dicho orden ceremonial nos transfiere a otro nivel de análisis en el cual el espacio y el tiempo están íntimamente enlazados. En efecto, al realizarse en la práctica las actividades ceremoniales, ellas transcurren en el tiempo y sirven como una medida temporal según el número de veces que se repite el giro circular completo. Esto ocurre en ocasiones de la vida cotidiana profana, tales como servir a un grupo bebidas —mate, chicha, vino o mudai— o comidas, siguiendo el orden de la ruedecilla; y, en forma más destacada aún, en ceremonias rituales religiosas, tales como el nillatún (ritual de fertilidad) y el neikurrewén (ritual postiniciático de la machi), en los cuales las danzas y giros de los bailarines y jinetes siguen también el orden de la ruedecilla, repitiéndose en múltiplos pares crecientes. Así, el tiempo es percibido a través del eterno retorno del giro circular alrededor del poste sagrado o árbol cósmico que representa el centro del mundo . Es interesante señalar que en este orden espacial temporal se repite el movimiento que algunos mapuches asignan al sol: “Viaja por el día de este a oeste y por la noche de oeste a este, por debajo de la Tierra” . En el mismo sentido, cabe observar la similitud formal de la ruca mapuche tradicional —tanto en su contorno general como en la distribución de su mobiliario alrededor del fuego— con la ruedecilla antedicha y su giro circular. Interpretamos esta analogía con Eliade: La morada es un imago mundi o réplica del orden cósmico proyectado en los cuatro horizontes a partir de un punto central que simboliza el axis mundi.

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1.4. Concepción material del cosmos

Según los mapuches entrevistados, todas las plataformas del cosmos son hechas de la misma materia de la plataforma terrestre. “Las hojas son como tierra. Igual como campo. Así mismo… Creemos que estamos igual que aquí”, afirma uno de nuestros amigos mapuches. Y otro confirma: “Las cuatro hojas de arriba [del meli ñom] están hechas igual que el mapa, pero to’o, to’o güeno” . Y un tercero, más anciano y sabio, agrega: “En esas cuatro hojas creo de que todo hay. Cuando lo largan a uno, lo dan y allá está el embudo que los da, que los mantiene a nosotros. Si hay un embudo que los da los granos, que lo’ da lo’ porotos, que lo’ da lo’ animales. Allá arriba creo que está. Todo tiene que haber. Allá no hay pobreza como se ve mucho aquí… En igualdad… Un mapu abundante. Por eso tenimos que rogar allá arriba, para que lo que hace falta aquí, para que aquí llegue… Y los que viven allí manejan el animal, manejan la herramienta para defenderse. Manejan el kimün (la sabiduría) para que a uno le den una sabiduría y de lo que le hace falta. Muchas veces por no saber lo abusan y lo friegan a uno. Entonces, de allá viene una, para defenderse: una herramienta”. Este elocuente párrafo nos revela, una raíz profunda del pensamiento mapuche. La extrema pobreza en que se debaten, unida a la dura lucha por la supervivencia y la subsistencia, ha reforzado esta concepción material y concreta del más allá como una respuesta desesperada frente a la injusticia social y económica que por mucho tiempo ha predominado en su hábitat. A la escasez, deprivación, desigualdad e injusticia en la distribución de bienes materiales existente en la plataforma terrestre, se opone la abundancia, satisfacción, igualdad y justicia imperante en las cuatro plataformas de la “tierra alta”. Esta oposición revela nuevamente la esencia dualista del pensamiento mapuche. La vida terrestre y la sobrenatural forman una pareja de oposiciones, una antitesis dual. Frente a la imposibilidad de mejorar su situación actual en el mundo terrestre —en el cual se ha consolidado un sistema injusto— ellos reaccionan buscando refugio en su cosmovisión como única solución existencial posible. Es interesante señalar que, en muchas religiones primitivas del mundo contemporáneo y antiguo, esta visión material concreta del cosmos reaparece con algunas variantes. Entre ellas, destacamos las religiones maya de Yucatán, akwe-shavante del Mato Grosso brasileño y yanomamó de la frontera selvática de Venezuela y Brasil . El hombre primitivo proyecta su mundo en su concepción del cosmos y en su visión particular del mundo sobrenatural benéfico.

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1.5. Concepción colorista del cosmos

La percepción del color de la naturaleza terrestre y de su bóveda celeste ha establecido —a través de una serie de asociaciones simbólicas determinadas por la observación empírica— una coherente simbología del color entre los mapuches. Por tanto, el color está íntimamente asociado a la visión del cosmos y sus respectivas plataformas. El siguiente cuadro establece dichas relaciones, tales como ellas emergieron en nuestras entrevistas y dibujos de terreno. El blanco (ayon) y el azul –representado por sus tres gamas: violeta (kallfü), azul fuerte y celeste (lifkán)- representan a los cuatro colores naturales del cielo, las nubes y sus cambiantes tonalidades, de acuerdo a las condiciones climáticas y meteorológicas de las estaciones del año. Ellos son los colores óptimos y los veremos frecuentemente en los niveles concretos de la vida cotidiana, tales como los pañuelos con que las mujeres mapuches cubren sus cabezas, las prendas de vestir, la pintura de las habitaciones y la decoración y ornamentación generales. Asimismo, el blanco y azul son los colores rituales por excelencia, pre¬sentes en los principales emblemas de la machi y del nillatún. El color blanco y las tres gamas de azul antedichas están siempre presentes en los testimonios de los portadores referentes a la visión del espacio sobrenatural benéfico. Sin embargo, su ordenación respectiva no parece ser fija ni estar regida por principios normativos, puesto que ellos son colores percibidos naturalmente en el cielo según el azar de las alternativas meteorológicas o climáticas. “El lifkán (celeste) es este pu’. Azul. Lo que vimo’. Lo que alcanzamos a ver la vista. Pero ma’ allá de lo que vimo’, ahi donde no po’ímos explicar nosotros”. El orden en que se ven los colores de las plataformas es producto de la experiencia onírica: “Es imaginación no ma’ pu’. Entonces, el que tiene buen sueño, le da por el sueño que es de tal color. Cada machi puede verlo distinto”. Siguiendo un orden cromático regular que va desde el tono más claro al más oscuro de azul, se alcanza un contraste máximo cuando el violeta es sucedido por el blanco.

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El color negro (kurü) simboliza a la noche (pun), la oscuridad y las tinieblas; a la brujería, los espíritus del mal y la muerte . Por su parte, el rojo (kelü) se asocia comúnmente a la lucha o pelea (kewal), al belicismo o guerra (aukán) y a la sangre (mollfüñ). Consecuentemente, el rojo es color prohibido en el nillatún, ritual que favorece la cohesión social y la fraternidad de los mapuches; y el negro compacto —utilizado como único color en la vestimenta— es considerado sospechoso por asociarse al brujo (kalku) o al mal espíritu (wekufe) . Sin embargo, el rojo también posee connotaciones positivas al relacionarse con las flores del campo y, en especial, con el copihue mapuche. El verde (karü) simboliza a la naturaleza en todo su esplendor y exhuberancia. Es el color natural de la vegetación y paisaje peculiares de la “región de los lagos”, donde se ubica el mayor número de reducciones mapuches. Es el color de la germinación de la tierra y, por ende, de su fertilidad, de la cual derivan múltiples implicancias de bienestar general para la comunidad. Es el color de la madre tierra. Es el color de la propia tierra, el anën mapu . Puesto que los mapuches han nacido “igual como un árbol que nace y se cría: se cria en la tierra. Pero, al fin y al cabo, cuando se cae se vuelve a tierra. Se pudre”. La tierra aparece dividida en forma dicotómica como proyección conjunta de la simbología del color de los mundos sobrenatural y natural y sus implicancias éticas. En primer término, los puntos cardinales Este y Sur se asocian a los colores azul y/o blanco de las plataformas del bien (meli ñom wenu). En segundo término, el Norte y Oeste se asocian al negro de las plataformas del mal (anka wenu y minche mapu). Por su parte, el centro de la tierra, anën mapu, se asocia al verde del mundo natural.

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En esta síntesis simbólica, observamos en la plataforma terrestre una yuxtaposición de colores que representan tanto niveles mágico-religiosos como empírico naturales, hecho que ilustra elocuentemente una característica profunda del pensamiento onírico mapuche, en el cual confluyen flexiblemente y sin aparentes contradicciones, la fantasía y la realidad. Con esto no queremos implicar que el mapuche no distinga entre sujeto y objeto como, base de la percepción y conocimiento empírico del mundo externo, o que se identifique con el fenómeno percibido , sino que como todo hombre religioso vea en la naturaleza lo trascendente: lo sobrenatural proyectado en lo natural. Cabe señalar que la síntesis colorista simbólica de la tierra no se reitera en ninguna otra plataforma cósmica. Las demás se conciben cada una de un solo color, con excepción de las plataformas del mal, asociadas ya sea al negro puro o bien combinado con rojo. El color supremo parece ser el ayon, identificado con el blanco transparente y la claridad de la luz. Ayon “es el mapu de fëta chachai (el esposo-padre dios). Es como vidrio. Eso es para ver abajo”, nos informan. “Es para que fëta chachai vea desde arriba: es transparente, como espejo”, “… no lo alcanza a ver uno; pero hay algunos que le’ da’ por el sueño”. El orden del cosmos mapuche implica, entonces, una integración de las regiones cósmicas, puntos cardinales, astros y regiones terrestres, todos los cuales se relacionan simbólicamente a través del color y sus connotaciones éticas con la pareja de oposiciones básica bien-mal. Por tanto, el color es simbólico y multivalente debido a “su capacidad para expresar simultáneamente un número de significados, cuya relación no es evidente en el plano de la experiencia inmediata” . Dicha capacidad y sus correlaciones están presentes, asimismo, desde otra perspectiva, en el pa-yin de la antigua civilización china . En las civilizaciones precolombinas de América afloran en formas variadas entre los aztecas, mayas y quichés . En África, la simbología del color alcanza niveles de gran complejidad y sutileza. Turner, en su análisis de la cultura ndembu, ha señalado la vinculación del color con las expresiones rituales y contextos míticos; con las relaciones y conflictos sociales; con aspectos fisiológicos del organismo humano, aportando una clasificación lógica de su realidad concreta.

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February 25, 2010

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February 25, 2010

Leopoldo Marechal

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